Con un pie en el mundo y el otro en el Istmo

Puedes cruzar océanos, vivir en otras ciudades y maravillarte con otros lugares. Pero hay raíces que viajan contigo.

Zenaido Torres

El Istmo de Oaxaca parece no irse de mí.

No importa adónde viaje, dónde viva o dónde coma: mi memoria sigue enraizada ahí.

Aunque nací y crecí en el sur de Veracruz, mi familia viene del Istmo. Por parte de mi papá, de Tehuantepec; por parte de mi mamá, de Zanatepec. Y entre ambos, sin proponérselo, me enseñaron a querer esa tierra hasta convertirla en parte de mis raíces, quizá incluso más que Minatitlán, donde nací.

Aunque tengo que confesar algo: realmente no me siento de ningún lugar.

Pero si tuviera que escoger mis raíces, definitivamente serían el Istmo.

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Viví parte de mi infancia ahí, unos tres años, con momentos que recuerdo entre buenos y malos. Pero a esos años tendría que sumar todas las vacaciones de verano, incluso cuando estudiaba la universidad.

Entonces significaba tomar un autobús desde la Ciudad de México y pasar unas doce horas en carretera hasta llegar a Zanatepec. Por eso, cuando alguien me pregunta si no me desesperan los vuelos demasiado largos, solo sonrío y contesto con cierto cinismo:

No. Me estuve entrenando durante años para eso.

Ahora que convertí Zanatepec en uno de mis hogares, hago el viaje en automóvil. Me tardo casi lo mismo, a veces más, porque hago paradas estratégicas: como en esos lugares que con el tiempo he aprendido a reconocer, en los que disfruto comer o en los que visito a alguna de esas personas especiales para mí y, definitivamente, puebleo. A la ida o al regreso siempre aparece algún lugar donde detenerme.

Supongo que esa contradicción también forma parte de mí.

Un día me puedes encontrar caminando por Bath y, un par de semanas después, sentado con mi mamá y la familia, tomándonos un chigorolo.

Si no sabes qué es, te hace falta barrio istmeño... pero puedo pasarte la receta. Tiene Mezcal.

Puedo sentirme igual de a gusto en los dos lugares.

Pero no es solamente la familia lo que me hace regresar una y otra vez, ni lo que me llevó a pensar en tener un segundo hogar allá.

Es algo más.

Empieza durante el camino, cuando aparecen a lo lejos los cientos de ventiladores eólicos que ya forman parte de la postal del Istmo. Los ves multiplicarse sobre la carretera en un paisaje que recuerda a los que venían en las cajetillas de cerillo, y sabes que estás llegando.

Que vuelves a una tierra que, de alguna manera, siempre te está llamando.

El Istmo está lleno de cultura, costumbres y tradiciones que se resisten a morir a pesar de la modernidad. Evolucionan, por supuesto, pero siguen ahí. Visibles. Constantes. Vivas.

Y pocas cosas permiten verlo tan claramente como sus fiestas.

Una fiesta de pueblo puede durar, como mínimo, tres días: el día previo para preparar la comida, la fiesta principal y, por supuesto, el recalentado. Aunque algunas duran mucho más y exigen el aguante de un maratonista.

A quien llega por primera vez puede sorprenderle. Uno termina viéndolo como algo perfectamente normal.

Está el sentido de comunidad. Todos están invitados... bueno, o casi todos.

Y si eres hombre, más te vale llegar con tu cartón de cerveza como muestra de educación y civilidad. Si eres mujer, entonces deberás dar lo que llaman limosna.

Después comenzarán las rondas y las botellas de cerveza, siempre de cuartito, pueden acumularse frente a ti formando una hilera. Hay que ponerse al ritmo... y, de vez en cuando, una ronda de mezcal para no empanzonarte.

Los hombres suelen estar sentados de un lado. Las mujeres bailan entre ellas los sones, las cumbias y lo que toque la banda, aunque nunca falta algún caballero que prefiera bailar a quedarse sentado.

Luego está la comida.

Puerco horneado, barbacoa istmeña de res, papa horneada... aunque para entonces debiste haber calculado bien el espacio, porque antes ya pasaron las botanas: tamalitos, guetabinguies, empanadas, taquitos dorados, bolitas de queso, ensalada de camarón, totopos.

Y alrededor, las mujeres con sus trajes tradicionales: enaguas y huipiles bordados, flores y trenzas adornando sus cabezas o el inconfundible resplandor de las tehuanas.

Pero reducir a las mujeres istmeñas a sus trajes sería quedarse apenas con la fotografía.

Hay mucho más que decir de ellas.

Con frecuencia se habla de la mujer de los pueblos como una mujer sometida, relegada a un segundo plano. Esa no es la mujer que yo crecí viendo en el Istmo.

La istmeña que conozco es fuerte, altiva y trabajadora. Administra, comercia, organiza, decide. Su presencia se siente en la familia, pero también en la vida de la comunidad. Mucho se ha escrito sobre el supuesto matriarcado istmeño y seguramente la realidad es bastante más compleja que una sola palabra, pero basta pasar un tiempo ahí para entender que las mujeres ocupan un espacio difícil de ignorar.

Y luego están los muxes.

Ese llamado tercer género del Istmo, especialmente asociado con Juchitán, que ocupa un lugar particular dentro de la sociedad zapoteca y que merece bastante más que un párrafo apresurado. Tal vez de ellos hablaré en otra ocasión.

Porque eso también es el Istmo: una cultura que obliga a mirar hacia atrás sin vivir necesariamente en el pasado.

Las tradiciones cambian. Algunas cosas desaparecen, otras se transforman y otras se aferran con una terquedad admirable a seguir existiendo.

Quizá por eso regreso.

He conocido lugares que me han fascinado, ciudades donde podría imaginarme viviendo y culturas que me han hecho cuestionar mi propia manera de ver el mundo. Viajar hace eso.

Pero también me ha enseñado a mirar de otra manera el lugar del que vengo.

Sigo diciendo que no me siento completamente de ningún sitio. Tal vez después de tantos años y tantos lugares ya no necesito hacerlo.

Pero hay tierras que se te meten en las raíces.

Puedes alejarte. Puedes vivir en otra ciudad. Puedes cruzar océanos y maravillarte con lo que encuentras al otro lado.

Y luego, un día, vuelves.

Te sientas con tu familia. Escuchas la música y los cohetes. Oyes la bocina que lo mismo anuncia la venta de comida que el fallecimiento de alguien. Remojas un totopo en el café para comerlo con crema y queso seco.

Y entiendes que, aunque tú te hayas ido muchas veces, ese lugar nunca terminó de irse de ti.

A mí me pasa con el Istmo.

Puedo irme muchas veces.

Pero hay una parte de mí que, al parecer, nunca se fue.

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