Cómo tres viajes me dieron el último empujón

La India, Zanatepec y Escocia: los lugares que terminaron de acomodar mi vida.

Zenaido Torres

El 2023 fue un año de transición en mi vida. Después de la pandemia se fueron acumulando cambios, despedidas y preguntas que terminaron llevándome a una que hasta entonces había evitado: ¿qué quería hacer con el resto de mi vida?

No porque no me gustara la que tenía. Al contrario. Disfrutaba mi trabajo, me sentía afortunado por todo lo que había logrado y seguía encontrando retos que me motivaban. Sin embargo, había algo que ya no terminaba de encajar. Sentía que mi vida se había congelado en un instante y que, si no hacía algo distinto, los siguientes años serían simplemente una repetición de los anteriores.

Seguía creyendo que la vida podía ser más de lo que estaba imaginando en ese momento.

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La historia en video.

Para Semana Santa decidí repartir mis vacaciones en dos bloques. Era poco común que un directivo pidiera tantos días seguidos, pero ahí estaba, rompiendo otra pequeña regla. Después de una escala en Nueva York, el calor de Nueva Delhi me recibió al caer la noche.

Agradecí casi no haber dormido durante el vuelo. En parte fue gracias a un chico indio que regresaba a casa, a las afueras de Jaipur, y que terminó convirtiéndose en mi compañero de viaje durante buena parte de las catorce horas que duró el trayecto. Entre películas, alguna que otra pestañita y muchas conversaciones, me habló de su familia, de su trabajo como contador en Florida y de los lugares que él mismo recomendaría a alguien que quisiera conocer la India desde la mirada de un local y no desde la de un turista.

Creo que esas son siempre las mejores recomendaciones.

Recorrí el famoso Triángulo Dorado: Nueva Delhi, Jaipur y Agra. Después llegué a Varanasi, probablemente el lugar que más me impactó, y terminé en Mumbai. Era un país de contrastes, de una riqueza cultural inmensa y de un calor que, por momentos, se sentía tan lejano y, al mismo tiempo, tan cercano a México… a Zanatepec.

Había instantes en los que sentía que caminaba por alguna calle de Juchitán. Al entrar en algunos templos recordaba el sincretismo que también existe en el Istmo de Tehuantepec, donde las tradiciones indígenas conviven con las católicas. La forma en que la gente se movía, la cercanía física al conversar, el aparente caos que poco a poco encontraba su propio orden, la calidez con la que me recibían y, por supuesto, su comida, comenzaron a hacer conexiones en mi cabeza que en ese momento todavía no alcanzaba a entender.

Siempre había disfrutado la comida india y ahora podía hacerlo en su propio país, aunque debo confesar que solo me animé a comer en restaurantes. Yo, que normalmente como en cualquier puesto de la calle, viajé con el miedo bien sembrado de arruinar el viaje con una diarrea. Llevaba más medicinas de las que probablemente necesitaba... y al final no hizo falta ninguna.

Lo curioso fue que el mismo chico que me había acompañado en el vuelo de ida regresó también en el vuelo de vuelta. Entre tantos millones de personas, terminamos compartiendo el principio y el final del viaje.

Todavía no lo sabía, pero muchas de esas imágenes regresarían meses después.

De vuelta en la Ciudad de México me sumergí otra vez en el trabajo. Los proyectos, las reuniones y la operación volvieron a ocupar mis días. No puedo negar que disfrutaba profundamente lo que hacía. Sin embargo, aquella pregunta seguía ahí.

¿De verdad me veía haciendo exactamente lo mismo durante los siguientes diez años?

Mientras trataba de responderla llegaron dos cursos a mi vida. El primero fue el resultado de haber estado en un programa de desarrollo para directivos de la empresa. El segundo apareció una noche navegando por internet: un taller para escribir novela impartido por Liliana Blum.

Ya había tomado algunos talleres literarios antes, pero el suyo me dio algo que mi cabeza necesitaba desesperadamente: estructura.

Sí... necesito estructura para ser creativo. Y, sin saberlo, aquel taller terminaría cambiando mucho más que mi manera de escribir.

La primera historia que quería escribir era, precisamente, la que más tarde se convertiría en Curry, Mezcal y Escocia. Sin embargo, el taller terminó llevándome por otro camino. Necesitaba aprender antes de contar esa historia y fue así como nació Los Jueves al Alba, mi primera novela publicada. Sin darme cuenta, necesitaba escribir esa historia antes de estar listo para contar la otra.

Poco después llegó otro empujón.

Negocié, aun con muchas dudas, mi salida de la empresa para la que trabajaba. Luego, decidí aprovechar una semana de Home Office para ir a Zanatepec, Oaxaca. Casa Edita estaba prácticamente terminada y tocaba amueblarla, plantar árboles y empezar a convertirla en el lugar que había imaginado durante tanto tiempo.

Siempre dije que quería que la casa estuviera tan llena de plantas como si Dios le hubiera escupido verde... y parece que lo logramos. Bueno... más bien lo logró mi mamá, que le entregó cuerpo y alma al proyecto.

Mi llegada coincidió con las fiestas del pueblo.

Las calles llenas de visitantes, la música, la comida, las tradiciones y el calor me hicieron recordar, inesperadamente, la India.

Cené varias noches en el puesto de tlayudas de mi tía, frente a la casa de mi abuela, con tres mesas de plástico y pensé también en aquellos puestos improvisados a la orilla de la carretera rumbo a Jaipur. Las ropas istmeñas me recordaban a los saris. El calor era distinto... y, al mismo tiempo, era el mismo.

Ahí apareció otra conexión.

Poco después me fui a Escocia.

Como parte del acuerdo de mi salida decidí tomar todas las vacaciones que aún tenía pendientes. Al regresar entregaría formalmente mi puesto una vez que encontraran a mi reemplazo.

Escocia me recibió con cierta melancolía. Caminaba por Edimburgo acompañado de preguntas que todavía no sabía responder. Todas giraban alrededor del mismo tema.

¿Qué iba a hacer con mi vida ahora?

Entonces perdí mi tour de Outlander.

Hoy me da risa pensarlo, pero en ese momento fue uno de esos pequeños accidentes que terminan cambiando muchas cosas.

En lugar de intentar recuperar el plan original, hice algo que no estaba previsto. Tomé el primer autobús hacia Glasgow.

Al día siguiente comenzaba un recorrido por las Tierras Altas. Por una de esas coincidencias que parecen inventadas, terminé compartiendo el viaje con otro chico de la India.

Entre los paisajes, las conversaciones y las risas, mi cabeza empezó a conectar cosas que hasta entonces habían permanecido separadas.

La Ciudad de México.

La India.

El Istmo de Tehuantepec.

Escocia.

En algún momento entendí que ahí había una historia.

Todavía no sabía cómo escribirla. De hecho, la primera novela que terminé fue Los Jueves al Alba. Pero la semilla de Curry, Mezcal y Escocia ya estaba ahí. Solo necesitaba tiempo para encontrar su forma.

Lo más importante, sin embargo, no fue descubrir una novela: fue descubrir el camino que quería seguir.

Cuando regresé y vi las fotografías del viaje me di cuenta de algo que no esperaba.

Me veía distinto.

Más sonriente.

Más ligero.

Y no era solo por el viaje.

No era solamente Escocia.

Eran las respuestas que había encontrado mientras caminaba por ella.

Durante mucho tiempo pensé que aquellos tres viajes habían dado origen a una novela.

Hoy creo que me dieron algo mucho más importante.

Me dieron el último empujón para empezar una vida distinta.

Las novelas vinieron después.

Porque las historias no siempre nacen en un solo lugar.

A veces nacen en los lugares que visitamos... y, sobre todo, en la persona en la que nos vamos convirtiendo mientras los recorremos.

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