Pan y Tulipanes

¿Y si perderte te llevara a la vida que no sabías que querías?

Zenaido Torres

De vez en cuando quiero compartir aquí algunas de mis películas, libros y series favoritas. No necesariamente porque sean las mejores desde un punto de vista técnico o literario, aunque seguramente habrá ocasiones en que hable de eso, sino porque son historias que, por alguna razón, me tocaron y se quedaron conmigo.

Y comienzo con Pan y tulipanes, una de mis películas favoritas.

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Este artículo, en movimiento

La historia en video.

Pan y tulipanes es una comedia sencilla de manufactura italiana y suiza del año 2000, que reúne varios de los sabores que me definen: un viaje, sentirse perdido y descubrir que la vida puede ser más de lo que imaginabas.

Rosalba es un ama de casa cuya vida parece haberse ido haciendo cada vez más pequeña.

Plancha. Hace los quehaceres de la casa. Atiende a su marido y a sus hijos. Y ve Bianca Vidal… sí, Bianca Vidal, la telenovela mexicana de hace muchos ayeres.

Su vida transcurre entre esas pequeñas rutinas y una familia que parece haberse acostumbrado tanto a que ella esté ahí que prácticamente ha dejado de verla.

Hasta que un día, durante unas vacaciones familiares, la olvidan en una estación de servicio.

Literalmente.

El autobús continúa su camino con su marido y sus hijos a bordo y nadie se da cuenta de que Rosalba no está.

Al principio intenta alcanzarlos. Pero después sucede algo.

Se enoja. Y ese pequeño enojo se convierte en un acto de rebeldía.

En lugar de correr detrás de una familia que ni siquiera se dio cuenta de que la había dejado atrás, decide aprovechar que tiene algo de dinero y hacer algo que no estaba en el itinerario: irse sola a Venecia.

No está planeando cambiar su vida, no está buscando encontrarse a sí misma, ni siquiera sabe muy bien qué está haciendo.

Simplemente, por una vez, hace algo que se le antoja hacer.

Y ahí empieza el verdadero viaje.

Cuando algo sale mal

Creo que una de las razones por las que esta película se quedó conmigo es precisamente esa.

Estamos acostumbrados a pensar que los grandes cambios llegan acompañados de grandes decisiones. Que un día despertamos, hacemos una profunda reflexión sobre nuestra existencia y decidimos cambiar de trabajo, terminar una relación, mudarnos de ciudad o empezar una nueva vida.

Pero muchas veces no ocurre así, a veces algo simplemente sale mal.

Perdemos un tren. Cambian nuestros planes. Terminamos en un lugar en el que no pensábamos estar. Conocemos a alguien por casualidad.

O nos olvidan en una gasolinera.

Y aquello que en ese momento parece un problema termina llevándonos a un lugar al que probablemente nunca habríamos decidido ir por nuestra cuenta.

Eso le sucede a Rosalba.

Venecia comienza como una pequeña venganza. Unas vacaciones improvisadas antes de regresar a casa.

Pero los días pasan… conoce gente. Consigue un trabajo. Empieza a sentirse útil. Interesante. Atractiva.

Descubre pequeños placeres que parecían haber desaparecido de su vida y, quizá lo más importante, descubre una versión de sí misma que llevaba mucho tiempo escondida debajo de las obligaciones, la rutina y todo aquello que los demás esperaban de ella.

De pronto, la mujer que parecía destinada a planchar mientras veía Bianca Vidal descubre que la vida podía ser más de lo que imaginaba.

Los papeles que se nos quedan viejos

Rosalba es un ama de casa, pero creo que su historia puede resonar con cualquiera.

Porque todos terminamos interpretando ciertos papeles:

El profesionista.

El esposo.

La esposa.

El hijo responsable.

El que siempre resuelve.

El que nunca se atreve.

El que lleva tantos años haciendo lo mismo que ya ni siquiera recuerda por qué empezó a hacerlo.

Y algunos de esos papeles los elegimos nosotros mismos.

No necesariamente fueron una equivocación. Tal vez durante muchos años nos hicieron felices, nos dieron identidad, seguridad o propósito.

El problema aparece cuando el papel se queda viejo y seguimos interpretándolo porque pensamos que ya no puede cambiarse.

A veces incluso dejamos de preguntarnos si todavía queremos esa vida. Simplemente seguimos. Hasta que algo rompe la rutina.

Un pequeño acto de rebeldía

Hay otra cosa que me gusta mucho de Rosalba: no se convierte repentinamente en una mujer completamente distinta.

Todo comienza con algo mucho más sencillo. Decide no regresar inmediatamente con su familia. Eso es todo.

Un pequeño acto de rebeldía.

Pero a veces basta algo así para abrir una puerta que ni siquiera sabíamos que estaba ahí.

Tomar otro camino. Decir que no. Decir que sí. Ir solo a algún lugar. Hablar con alguien.

Hacer algo simplemente porque queremos hacerlo y no porque sea lo que se supone que debemos hacer.

No creo que todo lo malo que nos sucede ocurra por alguna razón. Hay cosas malas que son simplemente eso: cosas malas.

Pero sí creo que, algunas veces, aquello que inicialmente vivimos como una desgracia puede terminar convirtiéndose en una oportunidad inesperada.

No porque el destino tenga necesariamente un plan escrito para nosotros, sino porque un desvío puede obligarnos a mirar hacia un lugar que nunca habíamos considerado.

Y entonces aparece la pregunta incómoda:

¿Qué pasa si descubres que te gusta más lo que encontraste fuera del camino?

¿Regresar o seguir?

Para mí, ése es el verdadero dilema de Pan y tulipanes.

No se trata simplemente de si Rosalba se queda en Venecia. Se trata de qué haces después de descubrir que la vida que conocías no era la única posible.

Porque descubrir algo nuevo puede ser emocionante. Lo difícil viene después, cuando tienes que decidir qué hacer con lo que descubriste.

Rosalba puede regresar a la seguridad de la vida que conoce, a su casa, sus rutinas y el papel que durante años ha interpretado. O puede aceptar que aquella mujer que apareció inesperadamente en Venecia también es ella.

Quizá por eso Pan y tulipanes sigue siendo una de mis películas favoritas tantos años después. Porque detrás de su humor, de Venecia y de una historia aparentemente sencilla, hay una idea que me sigue pareciendo poderosa.

A veces perderse no significa haberse equivocado de camino. A veces es la única manera de descubrir que había otros.

Rosalba tuvo que ser olvidada en una estación de servicio para darse cuenta. Espero que nosotros no necesitemos llegar a tanto.

Pero quizá de vez en cuando sí valga la pena hacer un pequeño acto de rebeldía y preguntarnos si esa vida, ese lugar o ese papel que conocemos tan bien todavía nos pertenece.

Y si la respuesta es no, quizá también valga la pena averiguar qué hay un poco más allá.

¿Y tú? ¿Qué harías?

Nos seguimos leyendo en:

Escribo historias para quienes sospechan que la vida todavía puede ser más de lo que imaginan.