¿Por qué viajo?
Hay más de una razón por la que vagabundeo.
Zenaido Torres
Muchas veces me preguntan por qué viajo tanto.
La respuesta corta sería porque me gusta conocer lugares nuevos. Pero hace tiempo entendí que esa no era la verdadera razón. En realidad, viajo por muchas cosas.
Y no puedo explicar ninguna de ellas sin volver un poco a mis recuerdos.
El primer viaje que recuerdo fue cuando tenía ocho años. Mi mamá me dejó en la terminal de autobuses para viajar de Minatitlán, Veracruz, a Tehuantepec, Oaxaca, donde pasaría el verano con mi papá y mi abuela. Eran seis horas de camino. Iba solo. Recuerdo las miradas de algunos adultos, sorprendidos de que un niño viajara sin compañía. Es la misma sorpresa que todavía encuentro cuando alguien descubre que estoy en algún lugar del mundo.
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Yo, en cambio, no tenía miedo. Iba pegado a la ventana, mirando el camino con una curiosidad que todavía hoy reconozco.
Ese viaje se repitió durante todas las vacaciones escolares. Con el tiempo dejó de ser una aventura para convertirse en un trayecto familiar. Aprendí a cambiar de autobús para llegar más rápido, a moverme con soltura y, en más de una ocasión, hasta a llegar de aventón.
Años después, siendo adolescente, tenía otra costumbre. Casi todas las tardes me sentaba sobre un muro de contención cerca de mi casa y pasaba horas viendo pasar camiones, automóviles, tráileres y autobuses.
Me preguntaba de dónde venían. Hacia dónde iban. Cómo serían las ciudades que esperaban a sus pasajeros.
En ese momento no lo sabía, pero lo que realmente quería era viajar.
Tal vez quería escapar del mundo que conocía. O tal vez solo buscaba descubrir otro donde mi vida pudiera ser más de lo que imaginaba.
Después llegó otro gran viaje: mudarme a la Ciudad de México para estudiar la universidad.
Más que un cambio de ciudad, fue un cambio de vida.
Quería recorrer cada rincón, conocer calles nuevas, perderme y explorar. Empecé a hacer pequeños viajes por carretera cuando tenía oportunidad, pero no fue sino hasta los veintinueve años cuando subí a un avión por primera vez.
Fue un vuelo de la Ciudad de México a Monterrey, por trabajo.
La emoción era exactamente la misma que había sentido aquel niño de ocho años al subir solo a un autobús.
Cinco años después llegó mi primer viaje internacional, a Los Ángeles.
Y ya no paré.He seguido recorriendo mi país mientras descubro muchos otros destinos. Hoy puedo decir que he visitado cerca de cincuenta países, y cada uno me ha dejado algo distinto. Por eso también creo que nunca es tarde para empezar a viajar.
Con el tiempo también cambió mi forma de viajar.
Hoy no viajo para huir del mundo, sino para sumergirme en él. Ya no viajo para tachar lugares de una lista, sino para coleccionar experiencias.
Supongo que, en el fondo, siempre he sido un vagabundo. Me cuesta quedarme demasiado tiempo en el mismo lugar sin preguntarme qué habrá un poco más allá: detrás del siguiente paisaje, de la siguiente ciudad o del siguiente país.
Más allá del motivo que me lleva a hacer la maleta, todos mis viajes tienen algo en común: me invitan a dejar atrás la rutina y abrirme a lo desconocido.
Dejo la comodidad de saber exactamente qué va a pasar. Camino por calles desconocidas, pruebo sabores nuevos, converso con personas que probablemente nunca volveré a ver y observo cómo sus vidas pueden ser tan distintas... y, al mismo tiempo, tan parecidas a la mía.
Viajo porque me inspira. Porque inevitablemente empiezo a imaginar cómo sería vivir ahí, cómo una persona como yo podría integrarse a ese mundo sin dejar atrás sus raíces. Supongo que por eso muchos de esos lugares, tarde o temprano, terminan encontrando su camino hacia mis novelas.
Con el tiempo también he entendido que los viajes no se miden en kilómetros ni en días.
Existen los trayectos lejanos, a lugares remotos del mundo, pero también los viajes cercanos: la ciudad de al lado, el barrio que nunca había recorrido, el museo pendiente, esa escultura frente a la que he pasado durante años sin detenerme, o incluso un libro o una película capaces de transportarme a otro lugar.
A veces descubro que no necesito ir muy lejos para viajar. Basta con mirar distinto.
Caminar hacia el trabajo con ojos de turista. Permitirme sorprenderme con lo cotidiano.
Viajar me recuerda que el mundo es mucho más amplio que aquello que conozco y que siempre hay algo más por descubrir, afuera y dentro de mí.
También me ayuda a regresar a mis raíces con más fuerza y agradecimiento. Y, casi siempre, vuelvo inspirado... con nuevas ideas, nuevas historias y nuevos planes para volver a hacer la maleta.
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